Cuando todo es oscuro

Un hombre que todo lo pierde, que camina por los oscuros senderos sin ninguna compañía, sin nada más que una botella de alcohol, que en toda su vida lo acompañó, que ahora mira y ve en su reflejo, su rostro roto, destrozado, con ojos llorosos por lo que pudo haber sido, pero que nunca fue. Perdió a su novia, a su hijo, con los que había compartido algún momento, cuando no estaba con la botella de ron en la mano. Ahora mira atrás y sufre por todo lo que perdió, pero ya sin remedio de poder recuperarlo, sin más remedio que caminar solo y tener que decir adiós a todo lo que tuvo y que perdió. 

Un adiós para siempre a lo que perdió, un adiós para siempre a todo lo que un día llegó a tener. En su vida ya no queda nada, ¿para qué vivir más?, ¿para qué sufrir más este tormento?, se preguntaba aquel desgraciado, que no dejaba de lamentarse por algo de lo que él, solo él tenía la culpa, de lo que muchos le dijeron que se olvidara, a los que él criticó, insultó y despreció, que ahora están en sus casas disfrutando de una cena familiar y él está vagando por las calles, solo, con el rostro marcado por una angustia que nadie, que nadie ya podría remediar, que ya nadie, ni el más bondadoso de los humanos podría curar.

Un corazón roto, una vida condenada ya a la muerte, una vida que quizá ya no le merezca la pena vivir, con todo el sufrimiento que soporta sobre él. Lo perdió todo, y cuando se pierde algo por culpa de uno mismo es lo peor que en esta vida puede pasar, que ya nada puede remediar.

Seguía caminando por las calles, por las oscuras calles de las afueras de Madrid, caminaba sin rumbo fijo, ¿a dónde iba a ir?, no tenía amigos, no tenía familia, no tenía nada, no tenía a quien ir a lamentarse. Ahora pensaba en todo lo que había perdido por unas botellas, por un simple y asqueroso líquido, que puede destrozar todo lo que uno tiene, que puede destrozar la vida, con la que hasta entonces había estado feliz, o al menos con la que no se habría planteado nunca decir adiós a todos sus problemas con el mayor acto de cobardía, el suicidio. Ahora, ahora pensaba y reconocía todo eso, ahora se plantó en medio de la calle arrodillado, sollozando, gimiendo como nunca antes lo había hecho y se preguntaba así mismo, ¿por qué, por qué fui tan estúpido de dejar todo solo por esto?, miró la botella, ahora con el asco que todos le habían pedido que lo hiciera, como una madre mira al asesino de su hijo, así la miró y la arrojó con toda su fuerza, haciendo añicos la botella. Ahora, ahora hacía y pensaba todo eso, ahora que ya quizá era demasiado tarde.

Pasó una mujer a su lado, una mujer de rostro joven, que lo miró, cual rica mira a un vagabundo por la calle, sin compasión, con una mirada severa, dura, con una mirada que dañaría hasta al más insensible humano. Una mirada que heló al pobre desgraciado allí arrodillado, llorando. Se levantó y le suplicó que le diera cobijo al menos unos días, en el último y desesperanzado intento de cambiar su vida, la mujer hizo un gesto despreciando el mal olor al aliento de aquel hombre, no la juzgo yo quizá también lo hubiera hecho. La mujer salió corriendo despavorida, sin ni siquiera esperar a oír una palabra más de lo que tenía que decir aquel pobre hombre.

En verdad el hombre sonrió, ¿por qué?, porque sabía que antes si hubiera visto a un hombre así, hubiera hecho lo mismo, incluso se hubiera comportado de una forma todavía peor, le hubiera dado una paliza por tan solo tener la osadía de acercarse a él.

Después de ese instante, después de esa risa momentánea, arrancó de nuevo a llorar, destrozado, ya sabía que no habría nunca retorno, que nunca volvería a disfrutar de una vida tal como se imaginaba que sería la de aquella jovencita que huyó tan solo por escuchar una palabra por el pestilente olor a ron que salía de su boca.

No pudo pensar en nada más, ¿qué iba hacer solo, en la calle, sin trabajo, apestando a alcohol?, solo le vino a la cabeza una solución, la que nunca había pensado y a lo que tenía miedo, sí todavía, pese a su situación, tenía miedo, un temor que le helaba los huesos, el miedo a morir en ese instante se apoderaba de él. Naturalmente, ¿Quién no tiene miedo a morir, a sus últimas palabras decir, a tener su último hálito? Él lo tenía, pero no podía hacer nada más, no tenía esperanzas de nada y tampoco, pese a su miedo a morir, tenía ganas de seguir viviendo, así que fue a una de las vías más transitadas de Madrid, cruzó y un coche lo atropelló, salió despedido, ya sus últimos minutos se completaron, su último hálito tuvo lugar. Allí en medio de una calle de Madrid, inmóvil, quieto, desangrándose poco a poco y toda la gente lo observaba diciendo pobre hombre, pero sabiendo que ninguno si lo hubieran visto antes, lo habrían ayudado a combatir su penosa situación y poder haberle evitado la muerte, al que ahora decían pobre hombre.

Ahora miro una sociedad en la que todos, o prácticamente una totalidad hubieran actuado de la misma forma, de la forma más cruel con la que se puede actuar, mirando, quizá opinando de la situación de aquel hombre, que habían visto en un determinado lugar y día, pero no actuar, ni al menos algo intentar, sino que como aquella jovencita ver, huir y luego opinar. No dándose cuenta de que si hubiera hecho algo, al menos darle de comer un día, al menos no mirarle con el rostro implacable con el que lo miró, al menos no huir como si fuera una rata de cloaca más, quizá ese hombre no estuviera ahí postrado en la calle, quizá esa persona allí yacente, inconsciente y observada por una multitud de personas, ahora estaría en su casa de nuevo, disfrutando con una cena, viendo su familia como había cambiado, quizá esa podía haber sido la historia, quizá…




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