jueves, 7 de febrero de 2019

¡Nuevo libro! Crónicas de Dalsinia






Aquí tenéis los tres primeros capítulos de mi nuevo libro. Lo podéis leer por aquí o bien descargarlo maquetado a través de este enlace: 

Crónicas de Dalsinia: Tres primeros capítulos

I





Las campanas de los castillos comenzaron a resonar en la vetusta capital de Dalsinia, a la que el rey Jowerd le puso el nombre de Selcia en honor a su esposa, una de las reinas más queridas en toda la historia del antiguo reino. Ella, la abuela del actual rey que ahora yacía muerto, era quien había emprendido dos reformas cruciales por las que sería reconocida en el futuro: la abolición definitiva de la esclavitud y el acercamiento diplomático a los otros dos grandes reinos de Arrion; Segernea y Actasya. 

Ahora, tras más de ocho décadas de paz, solo quebrantada hace treinta años con una breve insurrección, las incertidumbres se habían apoderado de los dos principales pilares del sistema: la Corona y el Sacerdocio de Écaron, el más importante de los cultos en los tres grandes reinos. A la sombra quedaban los templos cuyos ritos eran en honor al dios de la muerte, Ölöm, y a la diosa de la guerra, Gardwyn. Juntos formaban la triada divina. 

La historia de Dalsinia estaba plagada de levantamientos armados contra los legítimos reyes por parte de los nobles más ambiciosos del reino, algo que tampoco resultaba lejano en Segernea y Actasya. Por eso, a nadie le extrañó que, pese a que a las familias nobiliarias más importantes del reino habían sido notificadas dos días antes de la inminente muerte del rey, algunos de ellos optaran por no acudir a la capital, tal y como marcaba la costumbre que tenía como fin rendir honores al rey en sus últimos hálitos y hacer el juramento a quien le iba a suceder en el trono regio. Esto puso en alerta a los consejeros de la Corona, pero decidieron ser prudentes para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. 

A pesar de que la Monarquía se había preocupado en no divulgar, antes de tiempo para no desestabilizar la Corona, el estado del rey, que, desde hace meses, estaba prostrado en la cama, había sido imposible que algunos nobles no se enteraran debido a sus contactos en la Corte. Los rumores se propagaban tan rápido como el vuelo de un ave. Es así como los burgueses más adinerados y los campesinos más humildes fueron conociendo que el rey estaba a punto de morir. Cuando llegó el día, los altos mandatarios del reino se encargaron de confirmar la noticia y enviaron la carta con el sello oficial de la Corona a los centros de administración provincial. También en las tabernas se escuchaba una frase para el devenir de la historia: «El rey Guirion ha muerto». 

En Selcia, una multitud se agrupaba en torno al núcleo de la ciudadela, el gran castillo de la Corte Real. Se trataba de un imponente edificio, con dos grandes torres paralelas, coronadas por un chapitel, con multitud de vanos en los que se dispondrían las guarniciones de arqueros en caso de necesidad. Por detrás de ellas, estaba la propia fortaleza, rodeada también por algunos torreones de defensa. Todo ello la convertía en una obra de ingeniería militar extraordinaria, que, a pesar de no tener demasiada decoración, se antojaba de una extraordinaria belleza que inundaba las pupilas de la gente que iba llegando de diferentes partes del reino. En ese día de luto, la espesa bruma bañaba todo el castillo, envolviéndolo en una atmósfera de magia y misterio. 

En el lugar ya se habían dispuesto todos los preparativos para el funeral y el ritual tradicional para despedir al monarca. La sala del trono, donde hasta hace poco Guirion dirimía asuntos de gran relevancia para el reino, permanecía en un silencio sepulcral. Allí reposaban los restos del rey sobre una pila de madera con los dos brazos entrelazados a la altura del pecho, en el que descansaba su corona. 

En una sala adyacente estaba reunido el Consejo de la Corona, cuyos miembros pertenecían a la alta aristocracia y estaba compuesto por dos hombres y una mujer. El que estaba más a la derecha portaba una armadura metálica y una espada muy pesada, a juzgar por su tamaño. Su rostro, con varias cicatrices, era la mejor muestra de las batallas en las que había combatido. La mujer, la más joven de los tres miembros, estaba ataviada con un elegante vestido de un blanco sobrio y elegante, solo roto por el cordel dorado que lo rodeaba a la altura de su cintura. El tercer hombre, el único sentado, pues su vejez se lo exigía, vestía una larga túnica negra. Se trataba de Hakim, el zaquen del reino, máximo representante del orden sacerdotal. 

—Le he comunicado a la reina la necesidad de que el heredero al trono sea coronado lo antes posible —intervino Daena mientras que desde una de las ventanas veía cómo cientos de personas esperaban para poder decir el último adiós a su rey. 

—Estoy de acuerdo. Áglae lo ha hecho bien como regente, pero hay algunas familias que no la ven con buenos ojos para reinar. Si lo demoramos más, quizá se desate una pugna interna —respondió Edgard. 

—Me temo que os traigo unas nuevas nada agradables para vuestros oídos —interrumpió Hakim, que se acomodaba en su silla e invitaba a sus dos acompañantes a hacer lo mismo—. De acuerdo con las indagaciones de mis espías, varias familias nobiliarias ya han tomado partido por aquella que se ha autoproclamado Emperatriz. Por lo visto, ha conseguido forjar un gran ejército. 

—Tendremos que reforzar las defensas y estar preparados —anunció Edgard con tono airado. Después de decir esto, miró a Daena, quien agachó la cabeza confirmando su decisión. 

—Eso no es todo —prosiguió Hakim—. Me temo que mis oídos escucharon algo más. El ejército no solo lo componen guerreros y magos, también hay unas criaturas que se creían extintas hace siglos. —Su tono se volvió aún más sombrío—. Su nombre es el de ragnias y son criaturas diabólicas, capaces de acabar con un ejército entero si se lo proponen. 

«La magia de la Emperatriz tiene que ser muy poderosa para poder usar la invocación. No me han llegado noticias de que en las escuelas de magia y hechicería haya alguien con semejante potencial mágico. ¿Es posible que lo haya desarrollado por sí misma?». Cuando pensó eso, la piel de Daena se erizó. 

Las escuelas de magia y hechicería estaban extendidas por diferentes partes del reino. Si bien es cierto había personas con el don mágico que no iban a estas instituciones, pues estaban reservadas para familias con un alto poder pecuniario, no era habitual que alguien, sin esa preparación, desarrollara una de las habilidades mágicas más difíciles, el de la invocación. 

—Hakim, ¿tenemos un número aproximado de cuántos son? —habló Edgard, interrumpiendo los pensamientos de la maga. 

—Mis observadores me afirman que superan con creces el número de nuestros soldados. Estaríamos, con total seguridad, ante el mayor ejército de los tres grandes reinos. Aproximadamente cuarenta mil hombres —afirmó contundente. 

—Maldita sea. —La mano de Edgard dio un golpe en la mesa y se levantó de forma abrupta—. ¿El rey sabía todo esto? ¿Cómo no nos has informado antes? 

—Mis espías tienen límites —dijo en tono cordial, pero algo agresivo—. La magia de la Emperatriz es demasiado poderosa, hasta tal punto que ha podido ocultar a su ejército durante todo este tiempo. Y los nobles que la apoyan se han mantenido a la sombra hasta este momento. No les ha sido fácil dar con ellos. De hecho, muchos kohen a mi servicio han perdido la vida para poder obtener esta información. 

—Tus espías han hecho un excelente servicio. —Daena se puso en pie al lado de Hakim y acarició el hombro derecho del gran zaquen—. Tenemos que estar listos para un ataque inminente. 

—Daena, ¿tienes constancia de magos que hayan abandonado las escuelas de magia y hechicería? 

—El nivel de abandono es el mismo que el de los últimos años. Sospecho que habrá reclutado magos al margen de las escuelas. 

—Sea como fuere, presagio que la guerra es inminente. 

—Tantos años de paz… rotos por la ambición de unos pocos —susurró más para sí misma que para los demás—. Hablaremos de estos asuntos más adelante. Hakim —Daena elevó el tono—, es hora de que inicies la ceremonia de despedida de nuestro rey; su esposa e hijo ya están esperando en la sala del trono. 

Mientras tanto, los enormes portones del gran salón iban abriéndose lentamente. Eran dos grandes puertas de metal con una decoración geométrica en cuadrados, recubiertos de oro. Después de un instante, el estruendoso ruido de las puertas cesó, así que los habitantes de Dalsinia fueron accediendo a la sala en un completo silencio, solo interrumpido por el sonido del calzado al caminar y algunos murmullos. 

Las bellas damas de la alta aristocracia se habían engalanado con sus mejores vestidos de un negro pulcro para asistir al funeral regio. Por el contrario, los hombres estaban ataviados con una capa oscura en señal de luto. Detrás de ellos, seguían entrando campesinos, artesanos y otras personas más humildes. También vestían atuendos negros, aunque nada que ver con el lujo que recubría la indumentaria de la aristocracia. 

De manera educada y ordenada, la gente iba entrando en la sala, que pronto quedó abarrotada, salvo la parte reservada a la mujer e hijo del difunto, separada del resto por un pequeño peldaño. Ambos observaban la cara blanquecina de Guirion. 

El sumo sacerdote entró en la sala tras la breve reunión del Consejo de la Corona. El color oscuro de su capa contrastaba con el colgante brillante de plata con tres lunas entrelazadas, símbolo utilizado en Dalsinia para representar a la triada divina. 

—Lamento mucho su pérdida, excelencia. Ha sido un magnífico rey. —Se acercó a Áglae, cuyos ojos verdosos se deshacían en lágrimas. Después de envolverla entre sus brazos, se inclinó ante ella en un gesto de respeto y de duelo. 

Hakim se aproximó a Jnum para fundirse con él en otro abrazo. 

—Han pasado más de veinte años desde la primera vez que mis ojos se posaron en tu pequeño cuerpo. Ahora ya eres todo un hombre. Serás un gran rey. —El joven solo asintió—. Comenzaré la ceremonia de inmediato, majestad —dijo mirando a la reina. 

Hakim se colocó delante de la pila que sujetaba el cuerpo de Guirion, al que miró durante varios segundos. Varias lágrimas resbalaron por su rostro. Finalmente, giró su cuerpo y observó a la multitud, a la que se dirigió: 

—Aciago es este día para la historia de Dalsinia, en el que nos reunimos para dar el último adiós a Guirion, nuestro noble rey. Han sido muchos años de paz y prosperidad para Dalsinia gracias a sus políticas. Ahora tenemos un reino más fuerte y seguro, una sociedad más cohesionada y justa. Guirion consiguió acabar con los conflictos internos previos a su coronación con mano de hierro, pero también con la misericordia que se le presupone a un rey justo y honorable. Ahora la responsabilidad caerá en manos del joven que tengo a mi lado, el legítimo heredero al trono, quien os aseguro, pueblo de Dalsinia, que gobernará con la misma sensatez con la que lo hizo su padre. Viva el rey, viva Dalsinia. —Así, en tono solemne y ceremonioso, habló Hakim. 

Volvió a girar su cuerpo, miró al rey yacente y pronunció una serie de palabras. Ante la mirada atónita de los congregados, la piel y la vestimenta del monarca se fundieron en uno solo, en una sola textura grisácea. Poco a poco, fue endureciéndose hasta convertirse en piedra. Así sería llevado al mausoleo real, donde descansaría toda la eternidad junto con sus antepasados.



II




Como marcaba la costumbre en Dalsinia, diferentes personalidades, desde los escribas de la Corte hasta los gobernadores provinciales, fueron a dar el último adiós al rey y ofrecer el pésame a Áglae y a su hijo, además de reafirmar su lealtad hacia la familia Greenfield, dueños del trono desde hacía más de un siglo. Así, la ceremonia continuó sin ningún sobresalto hasta que una neblina grisácea hizo que los murmullos llenaran la atmósfera ceremonial de la gran sala, y que todos miraran hacia el lugar de donde emergía esa especie de humo. Este se desdibujó con el paso de los segundos y dejó ver la figura de una mujer ataviada con un vestido que se dividía en pequeños cuadrados plateados. En su cuello portaba un collar negro, mucho más sobrio, pero que iba a juego con su largo cabello castaño rizado y, a su vez, contrastaba con el color ámbar de sus ojos. 

Al final, la neblina acabó por desvanecerse completamente, y todos los presentes pudieron ver el rostro de la mujer que se había escondido tras esa espesa humareda. Sus carnosos labios esbozaron una sonrisa, que consiguió poner los pelos de punta a aquellos que más cerca de ella estaban. 

—¿Quién eres tú? —preguntó Áglae, la todavía reina regente hasta la coronación de Jnum, alzando la voz por encima de los cuchicheos. 

—Tu peor pesadilla —respondió a la vez que iba atravesando el pasillo y haciendo a un lado a todo con el que se encontraba—. Qué lástima haber llegado tarde para rematar a ese seboso que llamabais rey. —Con desdén, señaló la piedra en la que se había convertido Guirion. 

—¿Cómo te atreves a insultar al rey en su propio funeral? —Áglae, movida por la irritación y la ira, elevó aún más el tono—. Guardias, detened a esta mujer. 

Tres hombres, protegidos cada uno por una robusta armadura dorada, respondieron a la llamada de la reina. 

—No tan rápido —respondió la extraña mujer. 

Al tiempo que dijo eso, sus manos se elevaron por encima de su cintura y una extraña energía detuvo de inmediato el movimiento de los soldados que iban a apresarla. Luego, con un simple gesto de manos, hizo que los guardias cayeran inconscientes al suelo. Lo mismo les ocurrió a los otros tres que iban hacia ella, por lo que el mago de la Corte intervino y lanzó una bola de energía, cuyo fulgor celeste era tan fuerte que mucha gente se vio obligada a tapar sus ojos con sus antebrazos. Sin embargo, el ataque se detuvo en seco antes de llegar a la mujer y pasó a controlarla ella para arrojarla contra el mago. En un acto desesperado por no perder la vida, hizo que la energía se desviara hacia el techo, lo que provocó que varios fragmentos de piedra se desprendieran de él. 

—Patético. Si alguno de vuestros guardias o magos vuelve a intentar tocarme, será el último día de tu vida, majestad. —Con gesto teatral, hizo una reverencia—. Permitidme que me presente, mi nombre es Ástrid, pero muchos me conocen como la Emperatriz. 

Cuando escucharon ese apodo, la sala se inundó de comentarios y chascarrillos. 

—Así que los rumores eran ciertos. —Se escuchó decir a un comerciante. 

—Creía que eran solo habladurías de taberna. —Se oyó murmurar a un gobernador provincial. 

La Emperatriz fue acercándose a Jnum poco a poco. Por encima de cualquier bisbiseo, solo se oía el calzado de la Emperatriz, que resonaba por toda la sala con cada paso. El joven sacó su espada, a pesar de que ya había visto con sus propios ojos que el acero era inútil contra la magia. 

—La Corona ha estado demasiado tiempo en el seno de una misma familia. Es hora de que alguien merecedor de tal honor sea quien porte las insignias regias. —Se dirigió [FLG1] al pueblo de Dalsinia—. Obedecedme y viviréis, plantadme cara y mi ejército os matará uno a uno. Mañana, al anochecer, el linaje de la familia Greenfield llegará a su fin. 

Cuando sus labios volvieron a dibujar una pérfida sonrisa, la neblina gris volvió a aparecer, pero esta vez se llevó consigo también al heredero al trono. El corazón de Áglae empezó a latir tan rápido que se agarró el pecho para tratar de contener la presión que hacía que bombeara cada vez más rápido su sangre. 

La gente empezó a temer por sus propias vidas y, enardecidos por los nervios, trataron de salir todos a la vez de la sala. Los guardias intentaron controlar, sin demasiado éxito, a la muchedumbre enloquecida. La Emperatriz había conseguido exactamente lo que quería, sembrar la incertidumbre e invadir el miedo dentro del mismísimo corazón de Dalsinia. En los sucesivos días, solo se hablaría de cómo una maga había conseguido dejar en ridículo a la guardia de palacio. 

—¡Llamad a Daena, rápido! —Áglae, también atacada por la inquietud, gritó al mago de la Corte, que rápidamente fue en busca de su superior. 

Tras unos minutos de desconcierto, volvió a reinar el silencio en la sala del trono. Allí ya solo estaban Áglae y Hakim, quien pretendía, sin éxito, tranquilizarla. 

—Mi señora —entró el mago de la Corte a toda prisa—, Daena y Edgard ya os esperan en la sala del Consejo. 

Ambos, Hakim y Áglae, fueron tan rápido como sus piernas temblorosas se lo permitían. 

—Daena, ¿dónde estabas? —Se fundió con ella en un abrazo. 

Áglae confiaba en Daena más que en ninguna otra persona, de hecho, no dudaría en dejar su vida en sus manos. Desde que el anterior consejero de magia, el ya fallecido lord Rethal, se había fijado en ella por su potencial, Áglae forjó una sólida amistad y fue ella quien la encumbró al puesto más elevado al que un mago podía aspirar, ser consejera de la Corona y la máxima autoridad de las escuelas de magia y hechicería. 

—Tenía asuntos que atender con Edgard, no esperábamos que pudiera pasar nada de esto. —Daena agachó la cabeza—. Esa mujer ha roto todas las defensas mágicas del castillo sin que ninguno de nosotros pudiéramos percibirlo. 

—He perdido a mi hijo, Daena. ¡Esa mujer lo va a matar! —Se arrodilló, destrozada, arrastrando su hermoso vestido negro y tapando su rostro roto de dolor y sus ojos rojizos por las infinitas lágrimas que había derramado en las últimas horas. 

Edgard se acercó a Áglae y la levantó entre sus brazos para luego dejarla cuidadosamente en la silla, desde la que hasta hace no mucho Guirion había dirigido el reino. 

—Tomaos esto, os sentará bien. —Hakim le dio una taza con un líquido que desprendía un fuerte olor, pero que, sin embargo, tenía un sabor exquisito, además de propiedades para calmar los nervios. 

—Traeremos de vuelta a su hijo, majestad —afirmó tajante Edgard. 

La reina levantó la mirada. Sus ojos seguían lacrimosos y su rostro compungido, pero era consciente del cargo que tenía y de que no podía quedarse quieta, esperando a que le llegara la noticia de que habían asesinado al heredero al trono. 

—Reunid a las tropas, quiero que todo el ejército, guerreros y magos, vayan tras esa mujer y traigan de vuelta a mi hijo —dijo con voz rota pero firme. 

—Debemos considerar que puede tratarse de una trampa. Quizá deberíamos ser más prudentes —aconsejó la maga. 

—Daena, va a matar a mi hijo. —Trató de contener de nuevo las lágrimas, que luchaban por salir—. Si hay alguna posibilidad de salvar a mi hijo, tengo que intentarlo. 

—No creo que estéis pensando racionalmente, majestad —confesó Hakim después de retirar la taza, ya vacía, y dársela a un sirviente de palacio. 

—Una madre nunca piensa racionalmente cuando le arrebatan a su hijo. —Sus ojos traslucían rabia y dolor a la vez—. Como reina regente tengo que velar por el heredero al trono y no dejar a Dalsinia como un reino cobarde que se amedrenta por una mera amenaza. La reunión ha concluido. 

Áglae, algo más calmada, salió de la sala acompañada por Hakim. 

—¿Crees de verdad que es la mejor opción? —Rompió el silencio Daena, visiblemente inquieta. 

—Ya escuchaste a la reina. Nuestro deber es auxiliar al heredero al trono —respondió Edgard en tono severo. 

Después de asistir al turbador funeral, los asistentes, entre murmullos, iban saliendo de la capital hacia sus respectivos territorios. Sin embargo, no todos pudieron abandonar Selcia, ya que se convocó a los gobernadores provinciales para que tuvieran listos sus ejércitos y partir lo antes posible. A pesar de ser una orden real, algunos rehusaron la propuesta y se marcharon diligentes para evitar ser conducidos por la fuerza ante las autoridades de palacio. Los rumores rápidamente propagaron que se habían unido a la Emperatriz. 

Las campanas volvieron a repicar, esta vez no por la muerte del rey, sino por la inminente salida del ejército real, que, en el camino hacia el lugar donde Hakim había informado que se ocultaba la Emperatriz, se encontraría con las tropas aportadas por los diferentes gobernadores provinciales. Estos ya habían enviado una carta con el sello real informando a sus lugartenientes de los pasos a seguir. 

Treinta años de paz truncados por la ambición de una mujer y de nobles, corrompidos por el poder que le ofrecía la Emperatriz, y de otros, muchos magos, a los que se les había prohibido acceder a las escuelas de magia y hechicería y que veían en ella un referente para romper esa barrera. Si Ástrid llegaba al trono, estos, criados muchos en la marginalidad o sin los recursos suficientes, podrían tener la educación que se les había negado. Así se lo había prometido, pues ella misma había sido vedada cuando quiso entrar en una de estas escuelas. 



Mientras tanto, la reina, aconsejada por Hakim, salió a los jardines de palacio a que le diera un poco el aire, aunque lo que ella deseara fuera estar en la cama, desalentada por los recientes acontecimientos. 

Sentada en uno de los bancos de piedra, su mirada se perdía entre las flores, cuyo color predominante era el azul, la fuente y el discurrir del agua que brotaba de un caño en forma de lobo, animal que representaba al reino de Dalsinia. 

—Aún no creo que todo esto esté pasando. —Pudo decir entre lágrimas. 

—Van a ser tiempos difíciles, de eso no cabe duda, pero has de mantenerte fuerte. 

—Ahora mismo solo quiero que me devuelvan a mi hijo. Si le pasa algo, jamás me lo perdonaría. Hace tan solo unos años estábamos haciendo los dos juntos este mismo paseo. —Áglae se levantó y recorrió parte del camino empedrado del jardín mientras trataba de contener las lágrimas—. Sus ojos brillaban cada vez que veía un pájaro posarse cerca de él. 

Mientras caminaba, más pensamientos fueron agolpándose en su cabeza. Uno de sus recuerdos más queridos era en el momento en el que le explicó que el lobo es el animal sagrado de Dalsinia porque es fiel, astuto y mortífero. Otro era cuando tropezó mientras jugaba con el perro de la familia, muerto hacía solo unos meses, y cómo fue curado por el mismo Hakim. La repetición de esas imágenes provocó que, de nuevo, las lágrimas hicieran acto de presencia en su pálido rostro. 

—No temáis, lo traerán sano y salvo. —Los brazos de Hakim rodearon el cuerpo de la reina. 

—Majestad —Edgard sobresaltó a Áglae y a Hakim—, ya está todo listo. Saldremos de inmediato. 

—Gracias por preparar todo con tan poco tiempo. Espero buenas nuevas a tu llegada. —Agarró su brazo—. Trae de vuelta a mi hijo, por favor. 

—Lo haré. —Se arrodilló y salió apresurado de los jardines reales para emprender de inmediato la marcha. 

Mucha gente en la capital salió de sus casas para rendir honores al ejército, que ya marchaba por las calzadas rumbo a la guerra. Familiares, mujeres y niños especialmente, miraban entristecidos a los soldados y, a su camino, comenzaron a arrojar rosas rojas. No sabían si esa era la última vez que los iban a ver, ni siquiera si podrían enterrar a sus seres queridos si tenían la desgracia de morir en combate, así que era la única forma de rendirles tributo antes de la batalla. 

El ejército de la Corona superaba por mucho los diez mil hombres, de los que se movilizó a la mayoría, aunque quedaron unos pocos para proteger la ciudad. Las huestes las dirigía el propio Edgard y, como superior de los magos, se encontraba Daena. Esta permanecía en la retaguardia, tal y como le había pedido Edgard, por más que ella se mostrara disconforme con esta decisión. Ambos montaban bellos corceles de un blanco nieve brillante y hermoso, que destacaban por encima de los demás. 

Detrás de Edgard y otros superiores, estaba la caballería. Sus soldados estaban ataviados con la típica armadura ligera para la monta. El escudo de Dalsinia, en cuyo centro se disponía un lobo, se dibujaba en el estandarte que portaban algunos de los caballeros. En la retaguardia se situaban los piqueros, la infantería pesada con sus plúmbeas armaduras y los arqueros. Atrás de ellos, se colocó la facción menos numerosa, el de magos y magas entrenados en las escuelas de magia y hechicería. Se trataba del cuerpo de élite que montaba a caballo y vestía capas grises, con bordados en oro y capuchas que cubrían sus rostros. En su mano derecha, muchos de ellos portaban un bastón de madera, que terminaban en una esfera con un cristal verde brillante. 

El ejército avanzó a marchas forzadas y pronto se encontraron con las fuerzas venidas de otros territorios de fuera de la capital. Cabalgaban hacia el valle cercano a las montañas nevadas del Sur, un lugar muy poco transitado, pero no lejano a la capital de Dalsinia; no era un lugar para alguien que quisiera esconderse allí durante mucho tiempo. La Emperatriz debía de tener otras intenciones. 

—Pronto anochecerá, y las tropas necesitan descansar, así que haremos noche aquí. Mañana al atardecer ya deberíamos ver el valle donde nos dijo Hakim —comunicó Edgard a Daena y al resto de generales. 

Edgard dio el alto a las tropas para disponerlo todo y montar el campamento en la llanura a la que habían llegado hacía solo unos segundos. 

«Algo me dice que vamos a una muerte segura. Áglae, mucho me temo que esta vez has errado en tu decisión —pensaba la maga mientras enviaba un poco de magia para montar las tiendas de campaña—, pero haré todo lo que pueda para recuperar a Jnum sano y salvo». 

La noche llegó antes de lo esperado. 

En las primeras horas de oscuridad, en la tienda de campaña más grande se reunieron los principales generales y capitanes de sección para preparar la estrategia a seguir. 

—La caballería se dispondrá en los flancos como primera fuerza de combate —aseveró Evander, prestigioso y corpulento capitán de la caballería de Dalsinia. 

—Como refuerzo estarán los piqueros, la infantería pesada y los arqueros. La retaguardia la defenderán nuestros magos —concluyó Edgard, mirando a Daena, que afirmó con la cabeza. 

—Daré instrucciones de qué tienen que hacer. Mis magos estarán preparados —ratificó Daena. 

Para los soldados que estaban de guardia, las horas se pasaron en una angustiosa calma. Sin embargo, sus corazones se aceleraron cuando vieron lo que tenían delante de ellos. No se habían percatado de su presencia hasta que las antorchas iluminaron sus rojizos ojos. Cuatro enormes serpientes estaban abriéndose paso por la llanura a una velocidad casi imposible de seguirlas con la mirada. No se trataba de ofidios corrientes, sino de unas criaturas que se conocían con el nombre de ragnias y que eran estudiadas en las escuelas de Dalsinia como un animal extinto desde hacía miles de años. Solo una magia muy poderosa podía haberlas invocado. Eran cinco veces más grandes que cualquier ejemplar de serpiente que pudiera encontrarse normalmente en los campos de Arrion. 

—Nos atac… —gritó uno de los guardias, pero antes de que pudiera terminar la frase, la mandíbula de una de esas bestias hincó sus colmillos en su cuello. El soldado cayó al suelo entre espasmos y con la sangre derramándose por la herida que le había provocado el animal. 

Otros cinco soldados cayeron víctimas de sus afilados colmillos en tan solo unos segundos. El grito de uno de ellos acabó por despertar a varios soldados, que hicieron resonar el cuerno llamando al combate a las tropas. 

Rápidamente, se acercaron Daena y Edgard, quien se quedó atónito al ver a las ragnias. La maga no se dejó sorprender por aquellas temibles criaturas y lanzó su magia contra ellas. Varios haces de luz impactaron en su objetivo. El fuego azul golpeó certeramente a dos de esas bestias, que, distraídas atacando a dos soldados, cayeron desangradas hasta exhalar su último hálito. 

Las otras dos ragnias se habían cebado con varios soldados hasta que sus cuerpos dejaron de articular movimiento. La velocidad de las bestias era muy superior, y numerosos soldados yacían ya desangrados. La tranquila llanura se había convertido en un auténtico cementerio. 

—¡Atacad! —Edgard dio la orden a los pocos arqueros que tenía a su disposición. Sus flechas, envueltas en fuego, se encontraron con los ojos de uno de los ofidios. Por mucho que trató de revolverse, su vida llegó a su fin. 

La última sierpe intentó atacar a más hombres, pero cayó fulminada por una bola de energía de un color verdoso, que fue arrojada por el mago que estaba justo detrás de Daena. 

—Preparad las tropas. Esto es obra de una magia antigua y muy poderosa. Tenemos que atacar con todas nuestras fuerzas antes de que convoque a más de estos seres inmundos —ordenó Daena a uno de sus subordinados. 

Pese a no haber amanecido, el ejército ahora avanzaba a marchas forzadas. Después de varias horas, y cuando el sol ya hacía acto de presencia, el ejército de Dalsinia divisó el valle donde supuestamente estaba el ejército de la Emperatriz. 

Evander, Daena y Edgard se fueron adentrando con cautela al centro del valle, pero se detuvieron al ver que la figura de una mujer se discernía en la lejanía. Esta se fue acercando lentamente, en medio de la bruma que envolvía el valle. 

—No os esperaba tan rápido. Qué grata sorpresa. —Sonrió la Emperatriz. 

—¿Dónde está el heredero al trono? Entréganoslo con vida y te perdonaremos la vida —advirtió Edgard. 

—¿Creéis de verdad que vuestro mediocre ejército podrá derrotar al mío? 

La Emperatriz abrió la palma de su mano para luego volver cerrarla. Al instante, la bruma desapareció. Así, varios miles de unidades militares aparecieron en formación de combate. 

—Aquellos que queráis uniros a mí, seréis bienvenidos en nuestras filas. —La voz de la mujer resonó en cada uno de los integrantes del ejército de Dalsinia. 

Algunos soldados, viendo el inmenso poder militar de la Emperatriz, se rindieron antes de entrar en combate. Algunos tiraron sus armas y abandonaron el lugar. 

«No voy a morir por una causa perdida», pensaron varios de ellos. 

—La reina nos ha mandado a una muerte segura —dijo otro en voz alta, al que le siguieron más. 

La Emperatriz lanzó su magia contra los soldados que se disponían a huir. Todos ellos cayeron muertos al instante. 

—Creía que me había explicado bien. Dije uniros a mí, no huir. 

Una mujer a su lado, a juzgar por su aspecto se trataba de otra maga, empezó a reírse con una sonora carcajada, que desconcertó a los soldados y consiguió intranquilizarlos aún más. 

Varios magos, ordenados por Daena, se dispusieron en un círculo perfecto, clavaron en el suelo sus bastones y de ellos un círculo de energía azul fue abriéndose paso. Una enorme semicúpula de energía fue expandiéndose y cubriendo al ejército de Dalsinia. 

—¡Arqueros, fuego a discreción! —ordenó Edgard. 

—Magos, nuestro objetivo son las ragnias. ¡¡Destrozadlas!! 

Los magos obedecieron a Daena. Todos, salvo los que alimentaban el escudo mágico, respondieron a su orden. Sin desmontarse de los caballos, sus bolas de energía empezaron a sacudir al ejército de la Emperatriz. 

—Habéis sellado vuestro destino. Matadlos —ordenó Ástrid, quien se protegía de los ataques con una coraza mágica que parecía inexpugnable. 

Los magos empezaron a lanzar su magia contra el escudo mágico que protegía al ejército de Dalsinia. Con cada impacto, la semicúpula se debilitaba un poco más. El golpe definitivo lo dio la Emperatriz cuando lanzó un haz de energía contra él. Las defensas mágicas se hicieron pedazos y un polvo azul fue cayendo del cielo hasta desaparecer. 

Las ragnias empezaron a reptar hacia los soldados. Ahora que ya no estaba el escudo, devoraron a todos los que se acercaban en un vano intento de acabar con ellas. Los magos se enzarzaron en combates a distancia con haces de magia que iban de un lado para otro y que provocaban numerosas bajas en ambos bandos. De la caballería apenas quedaba nada, el mismo Evander ya había caído y yacía muerto al lado de su caballo. Era indiscutible que las tropas de la Emperatriz estaban ganando terreno, y que el ejército de Dalsinia no tardaría en ser derrotado. 

Daena observó a varios magos caer a escasos metros de ella. Sacó fuerzas y se dirigió a enfrentarse a la Emperatriz, que observaba impasible la masacre. Daena lanzó varios ataques, pero ninguno atravesó su coraza mágica. Ástrid reaccionó contratacando muy fuerte, sin embargo, su rival supo contrarrestar sus golpes. Los haces mágicos se sucedían en un combate que parecía igualado hasta que, finalmente, uno de ellos alcanzó la pierna de Daena. Esta cayó al suelo con gran dolor mientras veía cómo su sangre se derramaba. 

—¿Eso es todo lo que puede hacer la gran maga de Dalsinia? —Se burló la Emperatriz entre risas. 

—No me subestimes. 

Daena lanzó una daga que guardaba en el interior de su capa. No obstante, el puñal, que desprendía un fulgor azul, no pudo romper la barrera mágica. 

—¿Eso es todo? —respondió la Emperatriz, que se fue acercando con el mismo cuchillo que le había lanzado su contrincante. 

Daena observó, paralizada, cómo Ástrid iba acercándose a ella a paso lento. Nada la detendría. 

«Es mi final», pensó para sus adentros. 

Daena miró a su alrededor. A través de sus pupilas azules, vio caer herido a Edgard por el impacto de un ataque que provenía de la mujer pelirroja que antes había proferido la sonora carcajada. 

El ejército de Dalsinia había sido masacrado. 

Ya estaba todo perdido.




III




El verde valle se impregnó con la sangre de los soldados que habían perdido la vida en batalla. Apenas quedaban ya combates, pues la mayoría de los aliados de Áglae habían depuesto sus armas e hincado rodilla ante la Emperatriz, que esbozaba una sonrisa triunfante, mientras tenía a Daena paralizada por un hechizo. 

—Tengo la extraña sensación de que somos más parecidas de lo que crees —habló Ástrid—. Aún puedes unirte a mí. 

—No nos parecemos en nada. Preferiría morir antes que aliarme con un ser tan despreciable como tú. 

—Sería tan fácil quitarte la vida con un suave desliz en el cuello… o en tu estómago. —Acarició a Daena con el puñal, que desgarró el vestido y un fino hilo de sangre empezó a correr—. ¿O quizá dejar que una de mis ragnias se alimente con tu carne? 

Una de esas criaturas se acercó rauda. El sisear de su lengua puso los pelos de punta a la maga. La Emperatriz, en cambio, acarició su escamada piel como si fuera una de sus mascotas. 

—Si te queda algo de humanidad, acaba con mi vida ya —suplicó Daena. 

—No tan rápido. Morirás, pero no hoy. Tengo un cometido para ti. Te enviaré a palacio para que tú misma seas quien le dé este presente a tu querida reina. —Apareció en su mano la cabeza del heredero al trono—. Demuéstrale cómo su amiga, cómo la gran directora de escuelas de magia y hechicería ha fracasado en su cometido más importante. 

Después de que la rodeara un humo negro, Daena apareció en la sala del trono. Esta ya estaba vacía, pues el rey ya había sido trasladado al mausoleo real. La maga consiguió ponerse en pie, aunque con dificultad por el golpe que había dañado su pierna derecha. Dejando la testa en el suelo, rápidamente fue socorrida por los dos guardias que custodiaban la estancia y por el mago de la Corte, que curó sus heridas en cuestión de minutos. 

—Llevadme ante la reina. Es urgente. 

—De inmediato, mi señora —respondió en tono severo el guardia, que, aunque sorprendido, no preguntó qué había ocurrido. Por el aspecto de la maga, se imaginó que las nuevas no eran nada alentadoras. 

Áglae estaba en los jardines reales recordando agraciados momentos con su hijo. Esperaba recibir pronto buenas noticias, sin embargo, tan pronto vio entrar a Daena tan acelerada y con la cara llena de magulladuras, supo que algo no había ido bien. 

—Áglae, hicimos todo cuanto pudimos. —Empezó a hablar antes de que le preguntara—. Su ejército… Nos ha sido imposible acabar con ella. 

—¿Y Jnum? ¿Sabes algo de mi hijo? —preguntó desesperada Áglae. 

La maga negó con la cabeza. 

—Lo lamento, de verdad. —Su voz sonó afligida—. No pude hacer nada. Me temo que era una trampa, Jnum ya estaba muerto. Su crueldad supera todo lo que habíamos visto hasta ahora. Me entregó la cabeza del muchacho para dártela. 

La reina tuvo un pequeño desmayo y, de no ser por los guardias que la escoltaban, habría caído al suelo. Estos la llevaron a su alcoba. 

Después de unas horas, y otra bebida calmante que le ofreció Hakim, la reina pudo ponerse en pie. 

—Mi señora, ¿cómo os encontráis? —preguntó Hakim, aunque ya sabía la respuesta. 

—Ninguna madre debería enterrar a su hijo, Hakim. Me cegaron mis sentimientos y debería pagar las consecuencias de mis actos. 

—Mis espías me informan de que las tropas de la Emperatriz se acercan. En cuestión de horas, tomarán la capital. —Su tono se entristeció—. Yo mismo he ordenado a los guardias de palacio que abandonen sus puestos. No merece la pena que más sangre se derrame en una causa perdida. Deberíais huir vos también. 

—Guirion jamás hubiera huido, no deshonraré el apellido Greenfield siendo una cobarde. Hakim, tú sí deberías márchate. Esa mujer no dudará en matarte. 

—Mi reina, yo soy un viejo que puede ser sustituido con facilidad. Has sido una reina valiente y leal a tus convicciones hasta el final. Si os quedáis, el futuro del reino y de vuestros súbditos estará sellado. Por favor, haced caso de mi último consejo. 

—Hakim, mi leal amigo. —Lo abrazó mientras sus ojos se deshacían en lágrimas—. Haré caso de tu palabra, pues tus consejos han hecho que Dalsinia prospere, pero no me iré sin antes pedirte una cosa. 

—Decidme y así lo haré —hablaba en tono solemne, aunque Áglae siempre le había dicho que la tratara como lo que era, su amiga. 

—Sé que no vendrás conmigo, conozco tu lealtad hacia el reino y los inconvenientes que acarrea tu vejez, pero, por favor, prométeme que harás lo que te pida esa mujer. Dile lo que quiere oír, obedece sus órdenes, sean cuales sean. No le des motivos para que te asesine. Os juro por mi madre, que Ölöm la tenga en su gloria, que, en cuanto pueda, vendré a buscarte. 

—Así lo haré. Ahora, marchaos. Disfrazaos y camuflaos entre el pueblo por el que tantos años has velado. 

Los dos se fundieron en otro abrazo sin poder evitar que las lágrimas cubrieran los rostros de ambos. Hakim le ofreció los ropajes que ya tenía preparados para ella. Luego, la condujo hasta un pasadizo que llevaba fuera de palacio para que nadie la viera salir. Después de todo, nunca se sabe cuándo las lealtades de los sirvientes pueden cambiar. 

El sumo sacerdote se apresuró a abandonar el palacio y a ir a las puertas de la muralla de la ciudad, puesto que en cuestión de horas la Emperatriz llegaría. Si podía evitar que hubiera más derramamiento de sangre, tenía que intentarlo. 

Un poco después de que Hakim llegara a su destino, el suelo comenzó a vibrar, producto de que una gran masa de soldados y caballos se acercaba. 

—Abrid las puertas a la nueva reina de Dalsinia —aseveró la Emperatriz lo bastante alto como para que los guardias la escucharan. 

Hakim, ya a los pies de la muralla, afirmó con la cabeza. El guardia dio la orden y las dos inmensas puertas de piedra comenzaron a abrirse lentamente. Cuando entró, Ástrid se desmontó del caballo y se dirigió hacia Hakim: 

—Como gran zaquen, tú serás quien me corone mañana. A la ceremonia asistirán los próximos gobernadores para nombrarlos oficialmente y que me juren lealtad como su nueva reina. 

—Como deseéis —afirmó Hakim, obedeciendo el dictamen de Áglae. 

—Preparad todo para mi coronación. —Se dirigió a Briron, uno de sus oficiales, en el que Hakim se había fijado por el parche que portaba en su ojo derecho. 

—¿Deseáis algo más, mi reina? —preguntó, haciendo a la vez una reverencia. 

Cuando el resto de los soldados fue entrando en la ciudad, Hakim reconoció a varios de los hombres que iban montados a caballo en primera fila. Muchos de ellos eran nobles que antaño juraron lealtad a Guirion; otros eran gobernadores provinciales que, ante el temor de perder sus puestos, su poder y su influencia, se habían pasado al bando de la Emperatriz. 

—Encerrad a este anciano. —Dos guardias se apresuraron para llevarlo a las mazmorras mientras que el resto de las huestes se apresuraban a tomar el control de la ciudad, y luego de palacio, asesinando a todo hombre, mujer y niño que se interpusiera en su camino—. Y otra cosa más, Briron —interpeló al oficial—, quiero que encuentres a Áglae y me la traigas para ejecutarla en público. 

«Nadie podrá discutir mi legitimidad como única reina del trono de Dalsinia. La familia Greenfield se extinguirá de una vez por todas», pensó para ella. 

—Así se hará —respondió Briron, que se retiró para preparar una partida de soldados y encontrar a Áglae. 

—¡No podéis hacer eso! —gritó Hakim. Varios soldados lo golpearon en el rostro y en el estómago. El pobre anciano se vio obligado a escupir sangre. 

—Aunque tu coronación me dé la legitimidad como reina de Dalsinia, la existencia de una Greenfield puede ser un obstáculo y no estoy dispuesta a permitirlo. 

—¡No tenéis derecho! —bramó el viejo mientras lo sujetaban dos soldados. 

—Si me coronas —susurró al oído de Hakim—, serás libre para siempre. Para vuestra gente, eres muy importante, así que no tengo intención de matarte si no haces ninguna sandez. 

La Emperatriz, acompañada por su segundo al mando, Dagon, y por la mujer pelirroja, Griselda, emprendió el camino hasta palacio, el que sería su nuevo hogar. 



Mientras tanto, Áglae, vestida con los ropajes que le dio Hakim, logró pasar desapercibida delante de los soldados con los que se encontró. En una de las callejuelas por las que deambulaba, se encontró con una vieja amiga. 

—Daena, ¿qué haces aquí? —preguntó sorprendida. 

—Hakim me señaló el lugar por el que habías escapado y he seguido tu rastro hasta encontrarte. 

—Daena, mi querida amiga. —La abrazó—. Debemos huir de Selcia. De lo contrario, muy pronto nos capturarán y solo Écaron sabe qué nos haría esa mujer. 

—Nadie te pondrá la mano encima mientras que a mí me siga latiendo el corazón. 

Ambas, ataviadas con ropajes nada propios para su condición social, caminaron por las calles de Selcia, ahora transitadas solo por soldados. 

—Eh, vosotras —las llamó un soldado—, ¿qué hacéis por aquí? 

—Ya vamos a casa. —Trató de disimular Daena—. Mi madre salió y no regresaba. Estaba preocupada y fui a buscarla por miedo a que le pasara algo entre tanta algarabía. 

La cara de Áglae se había deformado y convertido en una mujer de bastantes más años. Ahora, su rostro estaba lleno de arrugas y sus ojos estaban rodeados por ojeras propias de la vejez. 

—No, de eso nada. Tú no vas a ningún lado —dijo de forma grosera mientras se aproximaba, con gesto amenazador, hacia Daena. 

Hizo a un lado a Áglae. 

—Déjenos en paz, por favor. 

—¿No te apetece jugar un poco? —Empezó a acorralar a Daena hasta llevarla a un callejón. 

—No… —dijo con timidez mientras trataba de zafarse sin usar la magia para no llamar la atención. 

—Deje a mi hija en paz —intervino Áglae, que se colocó de espaldas al soldado. 

—No moleste, señora. —Le dio un empujón y cayó al suelo. 

—No vuelvas a ponerle la mano encima. 

Daena envió su magia contra el soldado para quitárselo de encima. Después del golpe, Áglae volvió a tener su rostro joven de siempre, puesto que la magia de Daena había desaparecido. Era un hechizo simple, pero muy útil en algunos momentos. 

—Tú eres la reina… —Se sorprendió el soldado después de recuperarse del golpe y comprobar que tenía delante de él a la mujer más buscada del reino. 

Antes de irse, la maga le hizo un hechizo para que se olvidara de todo lo que había visto en las últimas horas. El soldado, desconcertado, salió del callejón sin saber muy bien qué hacía allí y qué había estado haciendo antes. 

Daena y Áglae, sin tratar de llamar la atención, buscaron un resguardo en el que pasar la noche. 



Al día siguiente, Selcia se despertó en una calma intranquila. Los soldados habían conseguido tomar el control de la capital, aunque muchos habían aprovechado la noche para hacer ciertas tropelías contra los ciudadanos; desde robos en las tabernas y hogares hasta violar y asesinar a mujeres sin ningún tipo de control. 

Para fortuna de la población, la mañana amaneció más sosegada, a pesar de que seguía habiendo patrullas que buscaban a Áglae y a la maga, de la que no se había olvidado Ástrid. 

Entre los preparativos para la coronación de la nueva reina y el nombramiento de los nuevos cargos nobiliarios, se pasó el día siguiente a la conquista. Los aliados de Ástrid recibieron su recompensa y una de sus primeras acciones fue nombrar el nuevo Consejo de la Corona; Dagon sería el militar de máximo rango, Griselda la nueva máxima autoridad de los magos y directora de las escuelas de magia y hechicería y Rashid sería presentado como el nuevo sumo sacerdote de Écaron. 

—Casi es la hora de la coronación —dijo en voz alta Griselda. 

—Ordenaré que liberen a Hakim y lo arreglen para la ocasión. Por fin, Dalsinia es nuestra —aseveró Ástrid orgullosa. 

Las campanas empezaron a repicar para que la gente, pusilánime, acudiera al castillo instada y violentada por el ejército con el fin de ver la coronación y el discurso de la nueva reina. 

—No temáis —comenzó a hablar la Emperatriz cuando se cerraron las dos puertas de la sala del trono—, pues solo se abre un nuevo tiempo. Las cosas van a cambiar a partir de ahora. La primera medida que mi Consejo y yo hemos decidido es la apertura de las escuelas de magia y hechicería a todos aquellos que tengan tales dones. 

Algunos de los presentes vieron con buenos ojos la medida y no dudaron en aplaudir su discurso. Sin embargo, otros miraron reacios a la mujer que ocupaba ahora el trono. 

—Jnum era nuestro rey. ¡Tú lo asesinaste sin piedad! —gritó uno de los asistentes. 

La Emperatriz hizo un gesto y uno de sus fieles fue a buscar al que había hablado para llevárselo por la fuerza. La gente observó la escena con el miedo imbuido en sus ojos, aunque algunos se enfrentaron a los guardias para que no condujeran al hombre al lugar donde le propinarían un fuerte castigo. 

Cuando vieron al sumo sacerdote, escoltado por dos soldados, entrar por la puerta adyacente a la sala del trono, el alboroto se detuvo. Pudieron ver que el rostro de Hakim estaba marcado por algunas heridas y que se sostenía de pie a duras penas, fruto del desahogo de algún soldado malhumorado. 

—Vuestro sumo sacerdote será quien me corone. ¿También lo cuestionaréis a él? 

—Asesinasteis al hijo del rey, perseguís a nuestra legítima reina y has acabado con la vida de muchos inocentes. Como sumo sacerdote, jamás nombraré reina a alguien como tú. —La voz de Hakim se alzó por encima de los murmullos que se habían levantado tras sus palabras—. Mi tiempo como gran zaquen llegó a su fin cuando tú atravesaste los muros de este palacio. Prefiero morir a servirte. 

Ante las palabras de Hakim, algunos de los presentes se sublevaron, pero los fieles de Ástrid reaccionaron desenfundando sus espadas y asesinaron a los subversivos, que, aun siendo pocos, consiguieron acabar con algunos soldados. 

Ástrid, encolerizada, agarró del cuello al sumo sacerdote. 

—¿Cómo te atreves a hacer esto? Te has cavado tu propia tumba, viejo. 

Sin pensar mucho lo que hacía, lo tiró al suelo y cogió un puñal que guardaba uno de sus dos escoltas. Se abalanzó sobre el cuerpo de Hakim y la hoja de la daga se hundió en su delgado cuello, del cual comenzó a salir un chorro de sangre. Era la primera vez en la historia de Dalsinia que se asesinaba al sumo sacerdote de Écaron. Se trataba de un acto impío que nadie se había atrevido a ejecutar nunca antes. 

—Quitad a estos miserables de mi vista —ordenó la reina, que ardía en cólera. 

Las caras de terror inundaron la sala. Aquellos que se habían mantenido en orden y no habían provocado altercados miraban horrorizados a la gente que habían asesinado. Al menos había dieciséis cuerpos tirados en el suelo sin vida. 

Ástrid caminó a paso ligero hacia la sala del Consejo. 

—Zack, Dagon, venid conmigo. —La mirada furiosa paralizó sus corazones. 

—Quiero —comenzó a hablar Ástrid en presencia de los dos soldados y de Griselda—, que encontréis a la reina. Informad a los soldados y a los miembros de las academias de magia y hechicería de que, si ven a esa ramera y a su maga, quiero ser la primera en enterarme. Que estén alerta. 

—Así se hará. Las encontraremos —aseveró Dagon, quien hincó la rodilla en el suelo. 

—Dagon, tú ve conmigo. Tú —señaló a Zack— y Griselda os ocuparéis de que mis órdenes se hagan cumplir. Quiero que haya patrullas de soldados en cada ciudad del reino. 

—Sí, mi señora. —Ambos inclinaron un poco su cuerpo. 

Dagon siguió a la Emperatriz, que lo condujo a los aposentos reales. Su tamaño era considerable, al igual que el lecho, que ocupaba buena parte del espacio. La habitación tenía un balcón por el que se vislumbraba buena parte de la capital. Ástrid se posó delante de él mirando el atardecer. 

—Acércate, Dagon. 

—¿Qué deseáis mi reina? —Sus ojos relucían una extraña combinación entre deseo y respeto. 

—A ti. Y sé que tú también me deseas a mí —confesó Ástrid. 

Durante varios minutos, el general solo pudo mantenerle la mirada, sin decir nada ni articular movimiento, pero luego dejó que su excitación hablara por sí sola. Su mano se colocó en el cuello de Ástrid y acercó sus labios para fundirse en un beso. La pasión y el deseo poseyó la alcoba real. Ahora ya no eran superior y subordinado, solo dos cuerpos que anhelaban el calor del otro. 

Dagon arrojó a Ástrid a la cama desvistiéndola por completo, dejando ver un cuerpo femenino perfecto, joven y ansioso de que un hombre recorriera cada palmo de él. Tras dejar su armadura en el suelo, el soldado dejó al descubierto un cuerpo bien tonificado y un torso con algunas cicatrices provocadas por algún arma blanca. Se pudieron escuchar los gemidos de uno y del otro por toda la habitación. Sus cuerpos sudorosos por el calor y el esfuerzo físico pedían más y más hasta la culminación final. Después, el agotamiento se encargó de que ambos cayeran rendidos y transportados al mundo onírico hasta la puesta de sol, cuyos rayos penetraron el ventanal.

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