domingo, 24 de enero de 2016

Infierno por lujuria

La curiosidad les llamó a entrar en la casa. En la que en el pueblo la conocían como la casa maldita, según contaban los habitantes del pueblo.  

El alcohol, la noche y sobre todo la peripecia de estos jóvenes universitarios de la ciudad de Texas hicieron que se adentraran en esa casa.

La casa estaba abandonada desde hace décadas. Según contaban los aldeanos en esa casa un tenebroso asesino había habitado y en ella había crucificado a numerosos jóvenes. Sin ninguna piedad los había clavado a las cruces y los había visto desangrarse poco a poco. Nadie se atrevía a entrar.

Cuando, por fin, la policía descubrió todo y lo capturó confesó haberlo hecho todo, sin rastro de arrepentimiento en su rostro, dijo que lo había hecho en honor a Jesucristo. Sacrificios, únicamente de parejas. La conclusión del sumario policial y judicial concluyó con esto:

SE TRATA DE UN FANÁTICO RELIGIOSO, ÚNICA SOLUCIÓN: SILLA ELÉCTRICA.

Los estudiantes conocían la historia, naturalmente, prácticamente todo tejano la sabía. Aun así, los cuatros estudiantes entraron. En  el hogar, si se podía llamar así, por fuera estaba arropado por hiedras que tapaban los cristales de las ventanas y el tejado estaba prácticamente derruido.

Cuando entraron en la casa, las imágenes fueron macabras, sin embargo la embriaguez de los jóvenes hacía que solo saliera de sus bocas, una incrédula sonrisa. Cruces envueltas en sangre, así como los propios clavos con los que había clavado a las víctimas. Era una escena digna de cualquier película de horror.

De repente sonidos golpeando la madera empezaron a sonar por toda la casa. Los jóvenes se empezaron a asustar.

—Vámonos de aquí, por favor David—. Rogó a su novio la única chica del grupo.

—No pasa nada cariño, en seguida nos iremos—. La lengua de David penetró en la boca de Sara, mientras que su mano palpaba su bien formado trasero.

La puerta entreabierta de la casa se cerró de golpe. Segundos después, David intentó abrir la puerta, sin embargo le era imposible. Algo la bloqueaba.

—Cariño, ¿qué pasa? ¿Por qué no se abre?—. La voz de niña entre llantos de Sara hizo rabiar a David.

—Joder, no se abre. Cálla…—. No completó la frase. Un clavo había sido disparado directamente a su cabeza. El suelo se llenó del reguero de sangre que salía de la cabeza embriagada de David. Finalmente, se desplomó.

—¿Qué ostias ha sido eso?—. Voceó Álvaro, mientras que Sara se acercaba a David llorando y gritando con su voz, tan horriblemente, aguda.

Los sonidos de la madera crujiendo se suceden, cada vez más seguidos y más fuertes. La histeria de los tres jóvenes era obvio, con los pocos materiales que quedaban sin pudrirse en la casa golpeaban las ventanas sin éxito alguno.

—Dios, ¿por qué tuvimos que entrar joder?—. Gritaba Dani. Parecía como si de repente los efectos de la borrachera se hubieran desvanecido en todos ellos.

Los sonidos seguían sucediéndose, y los movimientos de los muchachos sin saber que hacer, también.
 
Otro clavo salió volando en el aire. El impacto fue tremendo. A pocos centímetros de la cabeza de Sara. Luego otro. Hasta cinco logró esquivar Sara, pero el sexto, no. El encontronazo fue terrible. Uno en la cabeza y otros dos en las manos. La sangre de nuevo inundó lo que habría sido el salón de la casa.

En ese momento la puerta, entre chirridos, se abrió. Rápidamente Dani y Álvaro salieron por la puerta corriendo velozmente, solo con una rápida mirada a los cuerpos de David y Sara.

Inmediatamente, cuando los dos jóvenes salieron, la puerta de la casa se cerró bruscamente.

En el interior de la casa, nadie hubiera dado credibilidad a lo que había pasado y lo que estaba a punto de pasar.Los cuerpos de Sara y David se estaban elevando y bruscamente se dispusieron en las dos cruces que aún se levantaban en el salón.

Una silla empezó a arrastrarse, luego se empezó a dibujar un rostro y un cuerpo. Era el asesino. Su rostro estaba quemado. Se sentó en la silla observando su nueva obra. Una vez más, había condenado a dos jóvenes, a una pareja. De nuevo el patrón se había repetido.  



domingo, 10 de enero de 2016

Delirios de un escritor

Un espejo, una bañera, pocos objetos más se discernían, en la vista ya cansada y en los ojos, de castaño azulado por la luz del sol, de este joven y viejo escritor. Viejo en mente y en palabras, joven en espíritu y físico. Sin embargo, a través de sus ojos, de sus delicados y bonitos ojos, según dirían algunos, se traslucía la nostalgia y la tristeza.

Han pasado cinco años de su desaparición, nunca más la volvió a ver, a la mujer a la que había esperado durante toda una vida. Su mente ya zozobraba en caminos inciertos, la escritura de poemas negros, cuyo significado navegaba entre la locura y la anhelada muerte. Desde que se fue, la mujer, aquella que distinguiría por el sonido de su caminar, aquella que con tan solo mirar sus ojos le dirían un te quiero. A esa a la que un día perdió y por la que las lágrimas recorren sus rostros en el oscuro día y en la gélida noche.

Junto a ella, aventuras de jóvenes enamorados escribía, inciertas luchas de caballeros y miles de historias que escribió con su pluma, cuya tinta ahora se seca, como se desvanece la vida del escritor que en su mano la ha usado durante años.

Vivir entre soledad o morir en la tranquilidad se preguntaba tantas veces, pero sin valor para poner fin a su tormento, a su delirio…Tantas mañanas había cogido el cuchillo con el propósito de poner fin a su desazón, pero todas ellas el cuchillo había caído ante la esperanza de que un día volviera aquella, a la que le dio su corazón y a la que le arrebataron de sus mismísimos brazos.

¿Quién puede ser tan cruel de llevarse a una mujer así?-se preguntaba así mismo, noche tras noche, día tras día. Su cabeza estaba descolocada, no razonaba, su solo pensamiento en otra cosa lo torturaba, pues en su mente se veía como un traidor. Solo ella y nada más, su cabeza era ella, ni un pensamiento que no fuera su mujer y palabras tristes, oscuras e implorando la llegada de la muerte.

Y finalmente, llegó el 5 de enero. En el día en el que sus labios se rozaron en un beso que no tenía tiempo, sino una vida propia, un beso fuera del espacio. Únicamente existían ellos, su amor y su deseo del uno por el otro. Cuatro años, cuatro cincos de enero y no estaba con él.

Ese mismo día, se levantó feliz, tras mucho tiempo una sonrisa le ocupaba el rostro, tras mucho tiempo, su hora de descanso había llegado. Pasados tan solo unos segundos después de que los rayos de luz inundarán el bello paisaje verde que oscurecía la casa del escritor; se levantó de la cama, abrió el cajón de la mesilla del lado izquierdo, la que tanto tiempo le había pertenecido a su mujer y cogió el revolver Walker 1847.

El escritor, aún en pijama se desvistió y cogió su traje, con el que había conocido a su querida esposa. Después se dirigió al cuarto de baño. El espejo, la bañera, era solo lo que quería ver.

En el espejo se dibujó la figura de la mujer que tanto anhelaba, hasta que la fue a tocar y todo se oscureció y la figura se tornó en las cortinas de la bañera. Después de aquello sabía que su hora había llegado, se metió en la bañera, dejó el grifo corriendo, dispuso el arma sobre su cabeza y apretó el gatillo. El sonido fue escalofriante.

La puerta de la casa se abrió de par en par, con un estruendoso ruido, los tacones de una mujer resonaban en las escaleras de madera.

La mujer entró y vio la bañera llena de agua mezclada con la sangre del que era su marido.


La mente del escritor se había hecho añicos, no habían pasado cinco años, ni siquiera cinco meses o cinco días. Solo una noche, una en la que el tormento, la locura y la imaginación se habían combinado para que el delirio propio de un escritor pusiera fin a su corta vida.