martes, 30 de diciembre de 2014

Cuando pierdes a tu ser más querido

Un día, un día tan oscuro como los que representan en las películas de terror, pero ojalá hubiera sido tan surrealista como en esas producciones de Hollywood donde los protagonistas milagrosamente escapan, salen vivos y tienen finales felices siempre. Ojalá ese hubiera sido el final de mi novio y el mío…ojalá.

Yo no noté nada, quizá era tonto no lo sé, no sé cómo pude perder a la persona que más quería, a la que siempre besaba en cada despertar, a la que siempre sonreía con cada mirada que lanzaba, como no echarme la culpa por no saber que era infeliz y no ayudarle. Como no culparme de lo que le hicieron.

Éramos una pareja normal, o eso se suponía, porque desgraciadamente en esta sociedad todavía se tienen demasiados prejuicios contra los homosexuales, ¿por qué?, no lo sé, quizá la gente que nos criticaba por tan solo darnos un beso como lo hacía cualquier pareja normal al despedirse, era porque su vida estaba demasiado vacía y tenían que opinar siempre de vidas ajenas, que no le importaban, quizá era por eso o simplemente les gustaba dañar a la gente que veían, no lo sé y tampoco me importan, pero a alguien que quería sí que le importaba y desafortunadamente mucho y como un estúpido no lo supe ver.

Quizá veía algo y no lo quise sacar a la luz, algo en su mirada me lo decía, algo en su interior me decía que le pasaba algo y no lo supe arreglar, ni siquiera intenté ayudar a la persona que más quería en este mundo y ahora cuando leo sus últimas palabras me mortifico, maldita hora en la que no supe ver que te hacían daño y justamente las personas que antes, decían que te querían, maldita hora en la que no lo supe ver.

¿Para qué voy a contar más? Ya todos sospecháis y sabéis el desafortunado final que tuvo mi novio y el que, al acabar esta carta, tendré yo. Simplemente os diré que ya no quiero vivir más, no sin la persona que me hacía sonreír todos los días, no sin esa persona que con tan solo su mirada podía ayudarme, sin esa persona que me ayudó en todo lo que pudo y más.

En el momento que vi su rostro ahogado, en la bañera en la que tantos momentos habíamos compartido, supe que mi destino ya estaba escrito. Ojalá me hubieras contado lo que te pasaba, ojalá pudiéramos haber cambiado el destino de ambos, ojalá ni tú ni yo hubiéramos acabado nuestro destino en esta bañera en la que antes tanto momentos felices compartimos.

Adiós, adiós a todos, me reuniré ahora con el único chico que me supo escuchar siempre y con la persona que más quiero en este mundo. A los que leáis esta nota no lloréis por el chico que veréis en la bañera, muerto porque desde que murió él, yo ya era un muerto en vida y tendríais que haber llorado en ese momento, porque en ese momento me perdisteis a mí también. Adiós…






La esperanza de encontrar a alguien

Una día de verano como cualquier otra que iba a cambiar, ¿con quién?, con nadie, como siempre, estaba solo. Aparentemente era un chico normal, un chico más, le gustaba pasar tiempo con sus amigos, con su familia, ¿a quién no?, pero él ambicionaba algo más y sin saber cómo y porqué muchas veces se sentía solo.

Él sabía que tenía magníficos amigos y una familia de la que no se podía quejar, porqué entonces muchas noches se las pasaba llorando, noches que las pasaba entre sollozo y sollozo y que ante la oscuridad de la noche no podía dormir.

Tan solo tenía 18 años, porque entonces se sentía tan mal con él mismo, lo normal en esa edad sería vivir feliz y como dirían ellos vivir la vida a tope, hacer lo habitual, salir, emborracharse y quizá fumar, pero él no era así, no, él era distinto. Muchas veces le habían dicho que cambiara, ¿por qué?, ¿para qué?-se preguntaba, a mí me gusta como soy, se decía muchas veces.

Pero en aquellas noches, en aquellas noches, que tan largas se le hacían, que parecían infinitas, donde parecía que las lágrimas no cesaban, donde sus pensamientos más internos dormir no le dejaban.

Nadie lo sabía, él siempre ponía buena cara a todos, ¿cómo no hacerlo?, si fuera como es él siempre estaría con un rostro marcado por la angustia, quizá con las lágrimas que bañaban sus ojos en aquellas tristes noches. No, él no quería mostrarse así para que se lamentaran, él, quien se empeñaba en ayudar a los demás, muchas veces se negaba a que él fuera ayudado, pues prefería llorar en aquellas noches y pensar en su vida, pensar en lo que tenía y en lo que no tenía y lo que más le dolía, en lo que había perdido.

Seguía caminando por las calles de Salamanca sin ningún rumbo, solo le apetecía caminar con la música, su música, que era lo único que podía hacer que se evadiera y dejar de pensar en todo al menos un instante. 

Cuando se hizo de noche ya volvía a casa, a una casa donde siempre pasaba lo mismo, una madre arquetipo de ama de casa, una hermana con la que no tenía nada en común y con los mismos problemas de siempre, dinero, discusiones, en definitiva con lo que él ya estaba acostumbrado a vivir, pese a eso, él siempre trataba de cambiarlo, aunque en el fondo sabía que nunca podría.

Después de la cena, como siempre se metió en su habitación, se echó en la cama y esperó a que pasaran las horas hasta que de la más pura extenuación se quedara dormido. Mientras estaba en la cama, se quedó pensando, como hacía noche tras noche, como llevaba haciendo ya las noches de un año y medio desde que perdió aquella amistad que tanto llevaba necesitando.

Reflexionaba, daba vueltas en la cama sin poder dormir, sin dejar de pensar en lo de siempre, queriendo descansar, pero sin poder hacerlo. Perdió a ese chico que siempre se quiere tener, pero lo peor de todo no es eso, no, es que ese chico que se hacía pasar por el mejor amigo de todos, en realidad era una mentira, una mentira, en la que había creído durante meses hasta que un día, todo se rompió, todo lo falso se descubrió, en un día que para él fue el peor de los días, más incluso que cuando perdió a su figura paterna.

Él creía que había encontrado a un amigo fiel, a un amigo que decía que nunca lo abandonaría, que siempre unidos estarían, pero se fue y ya más le pese nunca volverá. Muchas noches se decía-lo he olvidado, era un falso-, pero no, su recuerdo, su rostro, su sonrisa, su voz golpeaban una y otra vez su mente, ya sabía en su interior que jamás lo olvidaría.

Me tragué todo lo que me decía como un estúpido-se decía una y otra vez, le atormentaba que todas las veces que hablaba con él fueran mentira tras mentira, falsedad tras falsedad, una tras otra se las creyó todas, le atormentaban en la cabeza, era eso lo que no le dejaba dormir, haber picado día tras día.

Y siguió llorando, el tiempo pasaba y sus llantos no cesaban, hora tras hora hasta casi las cuatro de la mañana siguió despierto, envuelto en sus lágrimas que derramaban sus ojos como una catarata echa el agua, sin cesar, sin acabar…por fin se durmió.

Cuando se despertó hizo lo mismo de siempre desayunar, ducharse, ver la televisión y después conectarse a un chat con la esperanza de encontrar a otro amigo igual, pero esta vez de verdad, eso era lo que necesitaba, quizá era eso lo que ansiaba con tantas ganas.

Desesperaba y desesperaba porque ya no encontraba a nadie, todos eran iguales, todos buscaban lo mismo, lo típico en esos chats, que antes hasta él había criticado como algo que solo se usa para fines sexuales, pero que ahora lo necesitaba, era su única esperanza de encontrar a alguien que mereciera la pena en verdad. Días y días de verano se fueron con ese maldito chat, que siempre era lo mismo, horas y horas, conectado esperando encontrar a alguien, “especial”, pensaba el iluso de él, pero cada vez que sonaba, aquel sonido que anunciaba una nueva conversación, tenía la esperanza de que fuera alguna persona diferente a los habituales.

Ya quedaba solo la mitad del verano, aquel verano monótono, aburrido y depresivo, estaba deseando que empezaran las clases, así al menos estaría entretenido en otras cosas. Pero esa mañana, esa mañana que parecía la misma que todas las anteriores, metido en un chat donde pasarían las horas pero no encontraría a nadie, pasó algo que él ya pensaba que nunca pasaría.

Al poco de conectarse una persona le habló, cuando sonó de nuevo el sonido, se dijo así mismo-será otro de los típicos cerdos que están aquí-pero cuando pasaron los minutos, las horas se dio cuenta de que él no era así, él no era de los típicos.

Pasaron los días y siguieron hablando, se dio cuenta de que el otro chico era diferente, amable sincero, cariñoso…no podía creerlo, los tristes días se convirtieron en alegres, tenía a alguien con quien compartir todo lo que le pasaba, todo lo que él necesitaba se lo ofrecía ese chico.

En un principio dudaba en cogerle cariño-¿y si al final es igual que el otro?-se preguntaba una y otra vez, ya le costaba tanto creer en alguien, que tras meses le pasara algo bueno, era tan difícil para él, que casi para él era un sueño, hasta que vio como pasaron los meses, y aún hoy siguen hablando día a día, hora tras hora, sin que nada ni ninguno de los dos cambie.

Cuando ya se tiene a alguien para levantarse con una alegría, cuando ya se tiene a alguien para que en aquellas noches las lágrimas se conviertan en sonrisas, en ese momento, en esos precisos momentos es cuando sabes que la felicidad te llega.



lunes, 29 de diciembre de 2014

Cuando todo es oscuro

Un hombre que todo lo pierde, que camina por los oscuros senderos sin ninguna compañía, sin nada más que una botella de alcohol, que en toda su vida lo acompañó, que ahora mira y ve en su reflejo, su rostro roto, destrozado, con ojos llorosos por lo que pudo haber sido, pero que nunca fue. Perdió a su novia, a su hijo, con los que había compartido algún momento, cuando no estaba con la botella de ron en la mano. Ahora mira atrás y sufre por todo lo que perdió, pero ya sin remedio de poder recuperarlo, sin más remedio que caminar solo y tener que decir adiós a todo lo que tuvo y que perdió. 

Un adiós para siempre a lo que perdió, un adiós para siempre a todo lo que un día llegó a tener. En su vida ya no queda nada, ¿para qué vivir más?, ¿para qué sufrir más este tormento?, se preguntaba aquel desgraciado, que no dejaba de lamentarse por algo de lo que él, solo él tenía la culpa, de lo que muchos le dijeron que se olvidara, a los que él criticó, insultó y despreció, que ahora están en sus casas disfrutando de una cena familiar y él está vagando por las calles, solo, con el rostro marcado por una angustia que nadie, que nadie ya podría remediar, que ya nadie, ni el más bondadoso de los humanos podría curar.

Un corazón roto, una vida condenada ya a la muerte, una vida que quizá ya no le merezca la pena vivir, con todo el sufrimiento que soporta sobre él. Lo perdió todo, y cuando se pierde algo por culpa de uno mismo es lo peor que en esta vida puede pasar, que ya nada puede remediar.

Seguía caminando por las calles, por las oscuras calles de las afueras de Madrid, caminaba sin rumbo fijo, ¿a dónde iba a ir?, no tenía amigos, no tenía familia, no tenía nada, no tenía a quien ir a lamentarse. Ahora pensaba en todo lo que había perdido por unas botellas, por un simple y asqueroso líquido, que puede destrozar todo lo que uno tiene, que puede destrozar la vida, con la que hasta entonces había estado feliz, o al menos con la que no se habría planteado nunca decir adiós a todos sus problemas con el mayor acto de cobardía, el suicidio. Ahora, ahora pensaba y reconocía todo eso, ahora se plantó en medio de la calle arrodillado, sollozando, gimiendo como nunca antes lo había hecho y se preguntaba así mismo, ¿por qué, por qué fui tan estúpido de dejar todo solo por esto?, miró la botella, ahora con el asco que todos le habían pedido que lo hiciera, como una madre mira al asesino de su hijo, así la miró y la arrojó con toda su fuerza, haciendo añicos la botella. Ahora, ahora hacía y pensaba todo eso, ahora que ya quizá era demasiado tarde.

Pasó una mujer a su lado, una mujer de rostro joven, que lo miró, cual rica mira a un vagabundo por la calle, sin compasión, con una mirada severa, dura, con una mirada que dañaría hasta al más insensible humano. Una mirada que heló al pobre desgraciado allí arrodillado, llorando. Se levantó y le suplicó que le diera cobijo al menos unos días, en el último y desesperanzado intento de cambiar su vida, la mujer hizo un gesto despreciando el mal olor al aliento de aquel hombre, no la juzgo yo quizá también lo hubiera hecho. La mujer salió corriendo despavorida, sin ni siquiera esperar a oír una palabra más de lo que tenía que decir aquel pobre hombre.

En verdad el hombre sonrió, ¿por qué?, porque sabía que antes si hubiera visto a un hombre así, hubiera hecho lo mismo, incluso se hubiera comportado de una forma todavía peor, le hubiera dado una paliza por tan solo tener la osadía de acercarse a él.

Después de ese instante, después de esa risa momentánea, arrancó de nuevo a llorar, destrozado, ya sabía que no habría nunca retorno, que nunca volvería a disfrutar de una vida tal como se imaginaba que sería la de aquella jovencita que huyó tan solo por escuchar una palabra por el pestilente olor a ron que salía de su boca.

No pudo pensar en nada más, ¿qué iba hacer solo, en la calle, sin trabajo, apestando a alcohol?, solo le vino a la cabeza una solución, la que nunca había pensado y a lo que tenía miedo, sí todavía, pese a su situación, tenía miedo, un temor que le helaba los huesos, el miedo a morir en ese instante se apoderaba de él. Naturalmente, ¿Quién no tiene miedo a morir, a sus últimas palabras decir, a tener su último hálito? Él lo tenía, pero no podía hacer nada más, no tenía esperanzas de nada y tampoco, pese a su miedo a morir, tenía ganas de seguir viviendo, así que fue a una de las vías más transitadas de Madrid, cruzó y un coche lo atropelló, salió despedido, ya sus últimos minutos se completaron, su último hálito tuvo lugar. Allí en medio de una calle de Madrid, inmóvil, quieto, desangrándose poco a poco y toda la gente lo observaba diciendo pobre hombre, pero sabiendo que ninguno si lo hubieran visto antes, lo habrían ayudado a combatir su penosa situación y poder haberle evitado la muerte, al que ahora decían pobre hombre.

Ahora miro una sociedad en la que todos, o prácticamente una totalidad hubieran actuado de la misma forma, de la forma más cruel con la que se puede actuar, mirando, quizá opinando de la situación de aquel hombre, que habían visto en un determinado lugar y día, pero no actuar, ni al menos algo intentar, sino que como aquella jovencita ver, huir y luego opinar. No dándose cuenta de que si hubiera hecho algo, al menos darle de comer un día, al menos no mirarle con el rostro implacable con el que lo miró, al menos no huir como si fuera una rata de cloaca más, quizá ese hombre no estuviera ahí postrado en la calle, quizá esa persona allí yacente, inconsciente y observada por una multitud de personas, ahora estaría en su casa de nuevo, disfrutando con una cena, viendo su familia como había cambiado, quizá esa podía haber sido la historia, quizá…